STATU QUO: EL 155


STATU QUO: EL 155

Si don Quijote confiaba en las propiedades curativas que el bálsamo de Fierabrás poseía para curar cualquier herida que los malhadados caballeros pudieran infringirle en las lides caballerescas, los demócratas depositamos en la activación del artículo 155 y en las medidas que bajo su aplicación podían implementarse, el ungüento capaz de aliviar el dolor y de restañar las heridas infringidas por la deriva secesionista. Pero quizás al igual que le pasó al insigne hidalgo, todo sea producto de nuestra fantasía.

La publicación en el BOE del 28 de octubre del Real Decreto para la aplicación de medidas al amparo del artículo 155 incorporaba, entre otras, la destitución de todo el gobierno de la Generalitat con su presidente a la cabeza, la asunción por los ministros de las funciones y competencias de las Consellerías. Esto implicaba la capacidad para destituir e incluso sancionar a los funcionarios que no se allanaran a las directrices que se establecieran, y supuso también el relevo del Mayor Trapero al frente de los Mossos; todas estas medidas tenían como objetivo recuperar el orden constitucional y estatutario.

La primera sorpresa vino de la mano del presidente Rajoy, cuando en rueda de prensa y una vez acordado un margen de seis meses para recuperar la normalidad institucional, anunció elecciones al parlamento catalán para el día 21 de diciembre. Hubo otras después, como la del Ministro Portavoz invitando al ya fugado expresidente Puigdemont a participar en las elecciones.

En paralelo, la justicia comenzó a dar trámite a las querellas interpuestas por la Fiscalía General del Estado. Y de aquella novela caballeresca pasamos al esperpento valleinclanesco con un expresidente refugiándose en Bélgica emulando a los exiliados políticos; con un vicepresidente en la cárcel y que acaba de ser elegido para encabezar la candidatura de ERC; con una presidenta del Parlamento de Cataluña que para eludir la cárcel asume que todo fue simbólico; con una Asamblea Nacional Catalana que recurriendo a una supuesta caja de resistencia - habrá que averiguar el verdadero origen de ese dinero – paga fianzas a troche y moche; y por si fuera poco, el expresidente Mas quejándose de la falta de solidaridad del pueblo catalán para ayudarle a completar los 2,5 millones que le faltan para pagar la fianza de más de cinco millones impuesta por el Tribunal de Cuentas.

 

¿Y Europa? ¿Qué decían los países miembros de la Unión Europea? Pues andaban hipnotizados por la propaganda independentista hasta que la realidad y el miedo al contagio les hizo entrar en razón y posicionarse al lado del Gobierno de España.

Y para rematar todo este esperpento, ahora nos enteramos de que Rusia y Venezuela se emplearon a fondo con sus hackers para inundar de fake news las redes sociales, con el único objeto de resquebrajar la unidad de la Unión Europea. A río revuelto…

De este sainete no se libra ni la campaña electoral. Con dos candidatos a las próximas elecciones ausentes e imputados por la justicia: Oriol Junqueras por ERC y Carles Puigdemont por PDeCat; con la dimisión del líder de Podem Albano-Dante Fachin forzada desde Madrid; y con Ada Colau y Xavier Domènech de Catalunya en Comú esperando poder capitalizar la frustración independentista. Mientras el PP y C’s -sobre todo esta última formación- empiezan a sospechar que no habrá frente constitucionalista después de que Miquel Iceta declarara, como secretario del PSC, que ese frente ni tiene posibilidades ni es la solución.

Así las cosas, todo parece indicar que la DUI y la aplicación del artículo 155, con la celebración subsiguiente de elecciones, servirá para muy poco. Si acaso, para que el desvarío secesionista se calme durante un tiempo mientras que los de siempre se reubican en el panorama político. Un statu quo que a la larga servirá para seguir alimentando el anhelo independentista.

Y la gran pregunta, cuya respuesta debiera despejar la incógnita de nuestro escepticismo, es saber si una vez más a los políticos, incapaces de arreglar los grandes problemas que afectan a nuestro país por su visión cortoplacista de la historia -siempre sujeta a cálculos electorales- sólo les preocupa su propia supervivencia. A los de Madrid, conseguir aprobar los presupuestos generales y rentabilizar su talante democrático en la resolución del conflicto, para garantizarse completar la legislatura; y a los de Cataluña, continuar aferrados al pesebre institucional apuntalados por eso que vienen en llamar la singularidad del sentimiento nacional.

Y mientras tanto, serán los ciudadanos quienes paguen las consecuencias del desvarío secesionista y de la aplicación del 155 como statu quo. Al día de hoy 7 de cada 10 comercios en Cataluña han visto disminuir sus ventas en el mes de octubre; 2.400 empresas han trasladado su sede fuera de Cataluña; la Agencia Europea del Medicamento prácticamente ha descartado Barcelona como su futura sede; el Mobile World Center también ha anunciado que se irá en el 2019; y Cataluña ya lidera en el mes de octubre la subida del paro registrado en España.

¿Para cuándo una verdadera política de Estado respecto a Cataluña y el resto de España, que aprenda de los errores cometidos y afronte una reconstrucción de un orden constitucional respetuoso con el derecho y las libertades públicas, sin concesiones a los privilegios de las élites regionales?

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