POR UNA MAYOR EFICIENCIA EN EL GASTO FARMACÉUTICO


POR UNA MAYOR EFICIENCIA EN EL GASTO FARMACÉUTICO

Es de necios confundir valor y precio, afirmaba Antonio Machado, y no andaba desencaminado el vate sevillano habida cuenta que el valor confiere a las cosas una estimación positiva o negativa, y el precio es el valor monetario que se le asigna a esas mismas cosas.

 En ese sentido hay cosas que no tienen precio porque le damos un gran valor y, por el contrario, las hay que tiene poco valor y sin embargo un alto precio. La salud, es una de esas cuestiones a las que tanto ciudadanos como gobiernos les damos un gran valor, y a la vez conlleva un alto precio. No en vano el gasto farmacéutico total en España en el año 2015 supuso 9.362,24 millones de euros, o lo que es lo mismo, 201,27 euros de gasto público por habitante, y 159,23 euros de gasto privado.

En España un país demográficamente envejecido, son las personas mayores de 65 años las que gastan más en medicamentos y productos farmacéuticos. Si ese gasto lo analizamos por comunidades autónomas Andalucía, Cataluña, Valencia y Madrid son las que presentan mayores cifras de gasto público. Si nos fijamos en el gasto por persona son extremeños, gallegos, asturianos y valencianos los que presentan las cifras más elevadas. Es evidente que el gasto mayor lo tienen las comunidades con mayor número de habitantes a la vez que menor gasto por personas porque cuentan con poblaciones más jóvenes y, al contrario, las comunidades que menor gasto farmacéutico tienen son las más despobladas, a la vez son las que mayor gasto tienen por habitante porque son también las de mayor población envejecida.

Medidas como el uso de medicamentos genéricos han venido a aliviar esa factura del gasto farmacéutico que no deja de crecer año tras año. Los genérico y los biosimilares de fabricación más barata reducen entre un 40 y un 20 por ciento el importe de los medicamente originales que son sustituidos por aquellos al finalizar la patente.

Uno de los argumentos esgrimidos por las farmacéuticas para justificar el precio de los medicamentos es el elevado coste que implica la investigación y el desarrollo. Un mantra que parece convencer a todos, quizás porque nos conviene y porque hay males que no tienen remedio. Pero en realidad, en el coste de cada medicamento, las industrias farmacéuticas repercuten no solo la inversión en I+D, sin el coste de las líneas fallidas de investigación y el coste del marketing de producto.

Por mucho que un medicamento sea caro, no por eso es mejor; quizás sencillamente sea el único disponible en el mercado, o el que ha mostrado mayor eficacia hasta la fecha. Por eso en el Reino Unido, el Instituto Nacional para la Excelencia en el Cuidado y la Salud está desarrollando un sistema capaz de medir la eficacia que aporta cada medicamente en el tratamiento de la enfermedad en relación a otros medicamentos existentes, y así definir si el precio que se paga se ajusta a su eficacia.

Si de reducir la factura se trata, otra posibilidad la encontramos en que sea el propio Estado quien financie la investigación farmacéutica mediante subvenciones condicionadas a un precio máximo en el medicamento.

 Por otro lado, hace tiempo que con el fin de facilitar medicamentos a países que por sí mismos no hubieran podido fabricar ni comprar debido a las patentes, se establecieron las licencias obligatorias, permisos que los gobiernos conceden a fabricantes para que desarrollen un producto genérico a partir de una patente, y a cambio la titular de dicha patente recibe una compensación económica.

La salud, como vemos, también es un negocio. Hay enfermedades raras de difícil curación que quienes las padecen se conforman con alcanzar un cierto nivel de bienestar, pero que no resultan rentables para la investigación farmacéutica porque el mercado es reducido. Una alternativa a la visión economicista de la salud, están los acuerdos entre entidades privadas y públicas para producir fármacos que posteriormente se venden a precio de coste y que, en muchas ocasiones, cuentan con la financiación de filántropos.

Otras iniciativas para reducir el coste de los medicamentos proponen que sea el propio estado quien, en colaboración con los departamentos de investigación de las universidades y sus laboratorios, sean quienes investiguen, desarrollen y produzcan los medicamentos. Brasil y Argentina han escogido este camino, aunque por ahora con pobres resultados.

España, como el resto de los países de nuestro entorno, se encuentra con el mismo problema del incremento del gasto farmacéutico, y urge encontrarle una solución que no pase necesariamente por meter la mano en el bolsillo del contribuyente. El envejecimiento de la población y la reducción del número de cotizantes por jubilado no es el óptimo, y ante esta realidad habrá que explorar otras posibles soluciones. Desde la industria farmacéutica las diferentes líneas de investigación permiten desarrollar medicamentos más eficaces a un menor coste, y desde la política se puede promover la colaboración entre el sector público y el privado. El empleo de los genéricos desde hace algunos años también ha contribuido a reducir el gasto farmacéutico, por eso habrá que mantener esa medida; pero la reducción también pasa por una mejor gestión de los recursos, por una eficiencia de la propia administración con lo administrado. La adquisición centralizada de los medicamentos que permita alcanzar precios más ajustados es una medida ya experimentada en alguna comunidad autónoma con buenos resultados, y que podría extenderse a todo el territorio español.

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