NO TODO ES MACROECONOMÍA


NO TODO ES MACROECONOMÍA

La buena marcha de la economía de los últimos años ha devuelto el optimismo a parte de la sociedad, un bien intangible pero fundamental para la salud económica de un país. Pero todavía hoy hay sectores de población que aún no han sentido alguna mejoría, sino todo lo contrario; han visto como se cronificaba su exclusión del mercado de trabajo o su dependencia absoluta de la asistencia ajena para sobrevivir o su incapacidad de salir del círculo vicioso de trabajos esporádicos con salarios de miseria.

Medidas como la reforma laboral, la contención salarial, el abaratamiento del petróleo del que somos dependientes o la política del banco europeo de compra de deuda pública han permitido que, unido a la fortaleza de sectores como el turístico y a la exportación, la parte de la sociedad española que no ha quedado marginada perciba que estamos saliendo de la crisis económica de 2008.  Pero hay otra parte de la sociedad que padece las consecuencias de que las pensiones y los salarios crezcan menos que la inflación, y hay un porcentaje elevado de jóvenes que perciben su exclusión del mercado de trabajo o su condena al inframundo del trabajo discontinuo mal pagado como una condena a no salir nunca de la crisis.

Hoy nos encontramos en un escenario de crecimiento económico continuo con tipos de interés en mínimos históricos y un descenso paulatino de los indicadores de paro. Así las cosas, era lógico que el aumento de precios no se hiciera esperar. Pero este indicador que refleja el envés de la fortaleza económica tiene el revés de un menor poder adquisitivo del consumidor, precisamente por una de las medidas que se tomaron para salir de la crisis: la contención de salarios. Tradicionalmente la devaluación de la moneda era la medida recurrente para salir de una crisis, pero en el contexto de la moneda única eso no era posible, por lo que fuimos condenados a la devaluación de los salarios; y esta política se ha convertido en fenómeno permanente ante la indiferencia de los poderes públicos, satisfechos aparentemente con que las cifras globales mejoren a pesar del coste personal para los asalariados.

En 2018 las pensiones subirán un 0,25%, los salarios un 1.1% y los precios un 2% que finalmente con la corrección se quedará en un 1.6%. La pérdida de poder adquisitivo para los pensionistas será de 1,35% y la de los trabajadores de 0,5%. Un dato a tener en cuenta es que la mayor subida de precios se experimenta en los alimentos y en la energía, dos elementos que afectan singularmente a todas las familias españolas. Es decir, la salida de la crisis que nos anuncian los que sólo ven las cifras macroeconómicas no es tan perceptible cuando se atiende a la vida real de las personas concretas y sus expectativas a medio plazo.

Si a esto añadimos un endeudamiento público equivalente al PIB, un mercado financiero que sigue restringido para quienes no pertenecen a la élite económica de los empleados con empleo estable y bien retribuido, el crecimiento de la subeconomía del mundo digital en que se trabaja sin las garantías del derecho laboral clásico, el proceso de destrucción de las estructuras familiares y la solidaridad que éstas garantizaban, una energía de las más caras de nuestro entorno en un país energéticamente dependiente del exterior y un previsible horizonte de subida de los tipos de interés en el medio plazo, resulta aventurado solazarse en la afirmación de que hemos salido de la crisis.

El consumo sigue siendo una variable imprescindible del crecimiento económico, pero más allá de su impacto macroeconómico, lo que nos interesa es conocer su impacto sobre el bienestar de las personas y las familias. Cuando una familia tiene que destinar la mayoría de su renta en satisfacer necesidades básicas como la alimentación o los suministros energéticos del hogar, otras necesidades también fundamentales como la educación de los hijos, la cultura, el ocio o el descanso se resienten, o sencillamente no se pueden atender.

Desde AVANZA creemos que el análisis y balance de las políticas económicas no pueden hacerse olvidando los verdaderos problemas que afectan a las personas y a sus familias. Trabajar para encontrar el mejor escenario posible que permita conciliar el crecimiento económico y el bienestar de las familias ha de ser el principal desvelo de los políticos. Es necesario conseguir que los trabajos sean dignos y de calidad y los salarios se beneficien de la evolución positiva de la economía.  

La preocupación por las personas que caracteriza al proyecto político de AVANZA nos exige también tener en cuenta los intereses de las futuras generaciones, y por eso no podemos dejar de poner sobre la mesa de análisis los inmensos riesgos para el futuro del inmenso endeudamiento del Estado y de las políticas monetarias del Banco Europeo, que pueden estar generando una burbuja financiera de proporciones descomunales para el futuro próximo.

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