LA GALA DE LOS GOYA, ¿#TÚ TAMBIÉN? (Publicado en El Mundo)


LA GALA DE LOS GOYA, ¿#TÚ TAMBIÉN? (Publicado en El Mundo)

Tenía que pasar. La 32 edición de los premios Goya no podía ir a la zaga de lo que ocurre en la meca del cine -en Hollywood, para los no avisados- y si en la gala de los Globos de Oro tocó ir de luto para reivindicar la lucha contra el abuso y el acoso sexual en la industria del cine, en nuestra edición patria, se optó por dar el toque feminista con los abanicos rojos en los que aparecía la etiqueta «más mujeres».

Ya comenté en otro artículo la hipocresía que - en mi opinión- subyacía en ese despliegue de uniformidad para denunciar una práctica, por lo demás, repugnante. Hablé entonces de cómo pretendían redimirse, actrices y actores -sobre todo estos últimos-, de años de silencio y sobre todo de complicidad, con un simple vestido o un esmoquin negro y una etiqueta: #metoo. Ese «yo también» debía haber sido el de «yo sabía lo que pasaba y no hice nada», «era consciente de lo que le ocurría a mi compañera de reparto, pero no quise poner en riesgo mi carrera» o incluso «yo también abusé o acosé». Harvey Weinstein llevaba décadas campando a sus anchas y ganando oscars tras un muro de silencio. Qué fácil mostrar santa indignación ahora, al mísero coste de un traje negro que todo lo cubre.

Dándome la razón, dos días después de la Gala, James Franco -uno de los indignados del #metoo y ganador del premio al mejor actor de musical de ese certamen- era acusado por dos mujeres precisamente de acoso sexual. A ellas -Sarah Tither-Kaplan y Violet Paley- no pareció bastarles el esmoquin negro y el pin reivindicativo, para considerar redimido o rehabilitado al actor. Es lo que tienen las víctimas: que soportan mal el blanqueo de sus agresores.

En cualquier caso, a raíz de la gala de los Globos de Oro y con la excusa de dar visibilidad al acoso sexual, se está consiguiendo, en muchos casos, el efecto contrario. No es sólo banalizar lo que es un verdadero drama sino también ridiculizar a las víctimas. Desde ese evento, no hay entrevista a una actriz o a alguien del espectáculo a la que no se le pregunte por el tema, me temo que no desde la preocupación legítima del periodista que acaba de enterarse de que el acoso sexual existe, sino tan sólo por seguir la moda del momento. Y eso acaba por mermar la credibilidad de las víctimas.

Cuando la actriz Cecilia Roth mencionó, a la pregunta de un periodista, una violación sufrida hace unos veinte años, a manos de un conocido del que no recordaba el nombre, se abrieron una vez más las espitas verbales de todos aquellos que se niegan a aceptar que el acoso y el abuso sexual han existido y existen (o de aquellos que lo ven normal). Las preguntas parecían obvias: ¿Por qué no lo denunció entonces? ¿Por qué no dice el nombre del agresor? Cierto o no, ya se había desacreditado el testimonio de la actriz y, por ende, puesto en duda revelaciones similares.

Sin embargo hay un sentimiento que comparten todas las mujeres que han sido acosadas -y también muchas de las que salen de una situación de maltrato- y que no han sabido o no han podido reaccionar a tiempo: la vergüenza. Un sentimiento que es mayor cuanto más fuerte o independiente es la mujer que lo sufre, porque más difícil le resulta entender cómo permitió que ocurriese y aceptar que no hiciese nada para evitarlo.

O esa incredulidad que paraliza cuando se conoce al que abusa o al que acosa, a ese al que se le ha dado un trato de familiaridad, sin imaginar lo que puede desencadenar un malentendido. Entonces no es sólo la vergüenza. También es la culpa.

Por eso, cuando veo campañas presuntamente feministas que se pasan de frenada e incurren en el ridículo, no puedo sino pensar, que no, eso no. Que caer en la exageración, da argumentos a los que niegan el acoso porque lo ven normal y quita la razón a quien esgrime argumentos razonables.

Convivimos con la trata de mujeres. Están en nuestras calles, en los polígonos industriales, en burdeles de carretera y, no nos engañemos, sólo quien las usa -y digo bien, las usa- puede negar la evidencia de que no están ahí por gusto. Y esos jóvenes que han recibido una y mil campañas de fomento de la igualdad entre hombres y mujeres, a pesar de toda la teoría, no dudan en acabar la fiesta con una prostituta a la que le dan el mismo valor que a la última copa. Y mientras eso se tolere, mientras se permita seguir viendo a la mujer como un aliviadero y poco más, la batalla del acoso está perdida.

Tampoco estoy de acuerdo con ese nuevo puritanismo feminista que ve a los hombres como depredadores sexuales por naturaleza. No sólo porque es una apreciación injusta y además incierta, sino porque es un peligrosísimo argumento de ida y vuelta con el que limitar la libertad de la mujer. Pensemos que es el mismo que se utiliza en el Islam para justificar que las mujeres deban adaptarse a los códigos de modestia. Es decir, que deban taparse -más o menos, según sea la tradición- para no provocar los bajos instintos connaturales al macho. Si hay alguna diferencia entre uno y otro planteamiento, yo no la veo. Por eso, que tras las agresiones sexuales que se produjeron hace dos años en las fiestas de Nochevieja en Alemania, se decidiese habilitar en la macrofiesta de la Puerta de Brandemburgo (Berlín) de este año, como antes en la Oktoberfest en Munich, un «espacio seguro» para las mujeres, me parece un tremendo error.

Vuelvo a la Gala de los Goya, al abanico rojo y el mensaje, y opino que si no hay más mujeres en el cine, directoras o productoras; si a partir de determinada edad se convierten en invisibles; si su voz no se oye en la misma medida que la de los hombres, no es porque sobre la industria del cine actúe una fuerza maligna, ajena a esa industria, que provoca esa clamorosa descompensación. Si eso ocurre es porque los hombres y las mujeres del cine lo han permitido y lo permiten, así que ¿a qué viene que lo reivindiquen en una gala destinada a ser vista por unos espectadores que nada pueden hacer para rectificar esa situación? ¿No está en sus manos arreglarlo? ¿Quién se lo impide? Ahí lo dejo. Yo también.

Gari Durán es miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO/ El Día de Baleares.

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