¡BASTA YA! BASTA DE ENGAÑOS (Publicado en EL MUNDO)


¡BASTA YA! BASTA DE ENGAÑOS (Publicado en EL MUNDO)

AYER, ADEMÁS de la jornada epistolar entre Puigdemont y Rajoy, se celebraba el Día Mundial de la Alimentación o quizás habría que decir, de la falta de ella. Tras una década de descenso, en la que parecían cumplirse los primeros objetivos del Milenio, en 2016 las cifras habían vuelto a subir y el hambre afectaba a más de 815 millones de personas. Las guerras, las hambrunas y la pobreza endémica están haciendo que abandonen sus hogares el mayor número de personas jamás registrado, de los que, los 65 millones de refugiados, son sólo una pequeña parte.

En 2015 llegaban a las costas italianas más de 15.000 menores no acompañados. En 2016, ya superaban los 18.000. De la mayoría de ellos desapareció el rastro al tocar suelo italiano. El número de los que perecieron en el mar, no están en las cifras oficiales, porque se desconoce. Mucho menos, el de los que han quedado anclados en Libia, en los campos en manos de las mismas mafias que se hacen con ellos en suelo europeo.

También se hablaba ayer del peor atentado terrorista de la historia de Somalia, en el que murieron 250 personas y quedaron heridas más de 350, la mayoría de ellos, vendedores ambulantes que comerciaban en la calle más concurrida de Mogadiscio.

En la misma página del periódico se contaba que 3.000 civiles habían podido escapar de la ciudad siria de Raqqa, bastión del Daesh, y que ya son 240.000 los que después de haber huido del horror de la «capital» del Califato y tras seis años de guerra, sobreviven en campamentos de refugiados en la frontera con elKurdistán.

También conocimos ayer, a partir de un informe realizado por UNICEF, que España tiene una de las tasas más altas de pobreza infantil de la UE, por detrás de Rumanía y Grecia, y que desde 2008 han crecido especialmente los hogares con niños pobres, es decir, aquellos en los que viven cuatro personas (dos adultos y dos niños) con menos de 700 euros al mes.

Y no puedo olvidarme de que auténticos criminales están quemando Galicia, Asturias y Portugal, y que además de los cuatro muertos que se han contabilizado por ahora en Galicia, son más de 30 los que han perecido en Portugal, y aún no se han sofocado todos los incendios.

No es la hartura ni el aburrimiento lo que me hace comentar estas noticias en lugar de abordar el tema catalán. Es más bien un sentimiento de irritación, de enfado, una sensación de tomadura de pelo, de broma de mal gusto, en la que unos se ríen y otros padecen, y en la que quienes se burlan de los que sufren la situación, o de quienes no la entienden, parecen vivir en un mundo paralelo. Esa impresión de que la realidad, el sentido común, la política con mayúsculas van por un lado, y quienes tienen en sus manos tomar decisiones, van por otro. Y sólo se me ocurre decir: ¡basta ya! Basta de engaños, de triquiñuelas, de cortoplacismo, de moverse por intereses partidistas, de taparse las vergüenzas, de cobardía, de mentiras. Basta de hacer rehén a un pueblo por intereses espurios, y basta de poner en riesgo la credibilidad del Estado de derecho, por falta de valor o por no sé qué cálculo interesado.

Sin irnos más lejos, desde que el 6 de septiembre se aprobase en el Parlamento de Cataluña la Ley de Referéndum, sin mayoría cualificada, contraviniendo el reglamento de la Cámara, el Estatuto de Autonomía y la Constitución Española y se consumase, por tanto, un verdadero golpe de estado en Cataluña, la democracia allí ha quedado en suspenso. En el mejor espíritu bolivariano, ese día se cerró la sede de la soberanía popular y sólo se volvió a abrir, cuando el Gobierno lo decidió, y únicamente para que Puigdemont ofreciese el lamentable espectáculo de un hombre y de una clase política cobarde.

Entre ese 6 de septiembre y el día de ayer, ya saben todo lo que ocurrió, y cómo ha sido la Justicia, la Guardia Civil y la Policía Nacional, y la sociedad civil manifestándose masivamente el 8 y el 12 de octubre, quienes han pugnado por mantener la Democracia en un territorio en estado de excepción. Yo estuve ese 8 de octubre en las calles de Barcelona, respiré la alegría de una jornada que era festiva para los catalanes silenciados, porque podían manifestar su pertenencia a España y a Cataluña, sin miedo y sin complejos, sintiendo que la calle había dejado de ser sólo de unos y que la podían ocupar libremente. Porque eso es la democracia, esa que hace tanto que no se respira en Cataluña.

Pero hasta el día de hoy, no está siendo el Gobierno español el que garantice ni haya garantizado esa normalidad a la que tienen derecho los catalanes, lo mismo que los extremeños, los gallegos o los riojanos. La normalidad de que no se utilicen las aulas para adoctrinar, de que los medios de comunicación públicos no sean un instrumento del Gobierno, de que cobrar comisiones por las obras o los servicios públicos esté penado, de que no se amedrente al disidente ni se amordace a la oposición. Todo eso de lo que ha carecido desde hace décadas Cataluña y que para muchos -no para quien tenía la obligación de saberlo- ha sido una sorpresa descubrir.

Y una vez se ha concienciado el resto de España de lo que ocurre en Cataluña, una vez que los catalanes no separatistas han salido por primera vez masivamente a la calle, una vez que la gente corriente ha entendido que lo que está pasando en Cataluña es que la Ley no se cumple y que no pasa nada. Cuando todo esto se ha hecho evidente, se pretende obligarnos mirar a la bolita que va de vaso en vaso, que esperemos pegados a la tele lo que dice Puigdemont, lo que le responde Rajoy,la carta de uno, la respuesta de otro, la sospecha de concesiones, el trampantojo de independencia y, como he dicho antes, sólo nos sale decir ¡basta ya!, y esperar que sea cierto.

Gari Durán es miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO /El Día de Baleares.

FUENTE: EL MUNDO

 

C/Ferraz 35, 1º dcha. - 28008 MADRID

+34 910 642 278

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.